Miró: Maestro de las Formas transforma la FAAP en un encuentro entre generaciones

28/09/2026

En São Paulo, la obra de Joan Miró conquistó a las familias y llevó a muchos niños a una exposición de arte.

Joan Miró llegó a París en 1920, a los 27 años, cuando la capital francesa reunía algunos de los principales movimientos culturales de comienzos del siglo XX. Catalán, nacido en Barcelona en 1893, encontró allí a artistas, escritores y poetas que debatían nuevas formas de concebir la creación. Al año siguiente, comenzó a trabajar en un taller de la rue Blomet, con André Masson como vecino, y más tarde ocupó otro espacio en la rue Tourlaque. Más que las direcciones, importa lo que aquella convivencia representó: Joan Miró formaba parte de un circuito intelectual en el que la pintura, la poesía, la literatura y las nuevas ideas circulaban intensamente.

También por eso resulta limitado intentar encasillarlo en una única escuela. Joan Miró se acercó al Surrealismo y convivió con figuras importantes del movimiento, pero vivió 90 años y produjo obra durante gran parte de ellos. Antes de encontrar el lenguaje que lo haría reconocible en todo el mundo, recibió influencias del Fauvismo, el Expresionismo y el Cubismo, y observó a artistas como Vincent van Gogh.

Una vida no cabe en una etiqueta

Las escuelas son importantes para organizar la Historia del Arte, pero difícilmente una etiqueta puede abarcar la trayectoria de alguien que vivió nueve décadas. La vida nos transforma. Cambian los pensamientos, las relaciones, las inquietudes y aquello que deseamos expresar. En el artista, la obra también se transforma.

El Surrealismo, con su aproximación al sueño, al inconsciente y a asociaciones menos sometidas a la razón, es fundamental para comprender a Joan Miró, pero insuficiente para definirlo. A lo largo de su trayectoria, el artista experimentó con materiales, soportes y diferentes maneras de crear, rompiendo con las convenciones de la pintura y la escultura hasta construir un lenguaje propio. Joan Miró no entendía sus formas como simplemente abstractas, sino como signos, representaciones de algo. Pájaros, mujeres, estrellas y animales aparecen transformados por su mirada, sin necesidad de reproducir fielmente aquello que existe en la realidad.

La presencia del color

Hay otra característica imposible de ignorar en Joan Miró: la presencia del color. Rojo, amarillo y azul, los colores primarios en la tradición pictórica, conviven con el negro, el blanco, el verde y otras tonalidades, a menudo en composiciones en las que un pequeño trazo basta para dominar la mirada.

Esa fuerza cromática permite remontarse muchos siglos en la cultura visual de la península ibérica. En la Edad Media, el rojo y el amarillo ya ocupaban un lugar destacado en la heráldica vinculada a la Corona de Aragón, históricamente relacionada con Cataluña. Durante los largos periodos de dominio islámico en partes de la Península, distintas tradiciones culturales dejaron su huella en la arquitectura, la cerámica y las artes textiles, con una fuerte presencia del dibujo, la ornamentación y el color.

No se trata de establecer una influencia directa entre esas tradiciones y Joan Miró. Resulta más interesante pensar en una memoria visual colectiva, en una cultura en la que el color, el contraste y la presencia han atravesado los siglos y han seguido encontrando nuevas interpretaciones. En la moda, Cristóbal Balenciaga trabajó intensamente la relación entre los colores intensos y el dramatismo del negro. En el cine, Pedro Almodóvar convirtió el rojo en una presencia visual recurrente. Incluso una producción contemporánea como «La casa de papel» encontró en el contraste entre el rojo y el negro parte de su identidad visual.

Joan Miró transforma ese repertorio a su manera. El color no tiene por qué obedecer a la naturaleza. Puede pertenecer a la imaginación.

¿Dónde está el pájaro?

Tal vez una de las experiencias más interesantes frente a una obra de Joan Miró sea precisamente buscar aquello que el artista dice haber colocado en ella. Miramos, volvemos a mirar y, muchas veces, recurrimos al título. Si pone «pájaro», volvemos a la imagen intentando encontrarlo. Pero ¿dónde está el pájaro?

Pájaros, mujeres, estrellas, ojos, animales y elementos de la naturaleza aparecen repetidamente en su producción sin la obligación de conservar la apariencia que tienen en el mundo real. ¿Y si un pájaro no tuviera que parecer un pájaro? ¿Y si la naturaleza pudiera adoptar otras formas? ¿Y si aquello que vemos fuera tan solo el punto de partida de lo que somos capaces de imaginar?

Joan Miró lleva el mundo exterior a su interior y lo devuelve transformado. Una línea puede sugerir un cuerpo, un círculo puede ser un ojo y unos pocos trazos pueden construir un animal. Hay sentimiento, símbolos e imaginación, y el espectador tiene espacio para completar aquello que ve.

La aparente sencillez, sin embargo, no significa ausencia de técnica. Joan Miró estudió arte, dibujo y composición y conocía las convenciones que decidió abandonar. Hay una enorme diferencia entre no saber representar una figura y saber representarla, pero elegir liberarla de su forma convencional.

La libertad de crear

Comisariada por Jordi J. Clavero, «Miró: Maestro de las Formas» se expone en el Museu de Arte Brasileira de la FAAP desde el 7 de agosto y podrá visitarse hasta el 12 de octubre. Llama la atención la cantidad de familias y, especialmente, de niños que recorren la exposición, creando una curiosa relación con una obra que, en determinados momentos, presenta trazos que pueden recordar al universo infantil.

Joan Miró trabajó con pintura, dibujo, tiza, lápices de colores, grabado, collage, cerámica, escultura y tapiz. También utilizó madera, chatarra y objetos encontrados en la vida cotidiana. Para un niño, encontrarse con materiales tan cercanos a su propio universo dentro de una exposición puede reducir la distancia entre aquello que considera arte y aquello que él mismo es capaz de imaginar o incluso crear.

Con Joan Miró, objetos y materiales sencillos adquieren otras formas y significados. La madera, la chatarra o un lápiz de color dejan de estar sujetos a su función y pasan a servir a la imaginación.

Una fundación para seguir creando

Una de las entidades que apoyan la exposición en São Paulo es la Fundació Joan Miró, creada por iniciativa del propio artista. Constituida en Barcelona en 1972 y abierta al público en 1975, la institución nació para preservar y estudiar su producción, pero también para mantener un espacio para el arte contemporáneo y las nuevas generaciones.

Hoy, además de cuidar el legado de Joan Miró, la Fundación organiza exposiciones, desarrolla investigaciones y lleva a cabo actividades dirigidas a artistas, estudiantes, centros educativos, niños y familias. Hay una coincidencia especialmente hermosa entre ese propósito y lo que sucede ahora en la FAAP: décadas después, las nuevas generaciones siguen encontrando en la obra de Joan Miró la posibilidad de experimentar otras maneras de mirar.

Ante Joan Miró, el adulto busca una explicación; el niño puede encontrar un estímulo para imaginar.

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