Un libro con portada verde -que acabo de comprar en Ciudad de México- en mi mano: “Las Américas. Historia de un hemisferio” de Felipe Fernández- Armesto, entro a casting y el director me pregunta por éste, le comento que voy a recorrer América y me habla de El Chaltén (Argentina). Lo anoto en la última página del libro.
Han pasado 7 años desde que recorriera diferentes regiones de Colombia, Perú, Bolivia, Uruguay y Argentina durante 133 días -mochila incluida- y asomándome a Brasil en Iguazú o a Santiago de Chile, un viaje inolvidable que comenzó en Ciudad de México y que terminó en El Chaltén antes de regresar meses después a la que entonces fue mi casa a lo largo de 6 años, en la ciudad azteca.

El Chaltén -Capital Nacional del Trekking- es un pueblo argentino de la provincia de Santa Cruz en La Patagonia, a 2694 km al sur de Buenos Aires que cumple 41 años, está resguardado entre imponentes montañas y en el que te recibe una mochila enorme de madera tallada en la plaza principal. Poco más de 1600 habitantes, casas bajas y cabañas, un par de iglesitas, caravanas, una tiendita- frutería donde María atendía amablemente, una heladería maravillosa, algunos barcitos y restaurantes… los hostales y alojamientos turísticos y la Madre Naturaleza en su estado más espectacular.
Eso sí, como contaba Miriam -una profesora argentina a la que conocí- es más barato vivir en el norte de Europa que en El Chaltén.
Allá lo imperdible es hacer trekking, caminar, patear, hacer ruta, senderismo, trekking o dejarte volar…

Durante varios días recorrí sendas, 18 kilómetros para disfrutar la Laguna Torre, crucé arrollos en los que bebí agua, conocí el Río de Las Vueltas, hasta un huemul salío a saludarme en el Chorrillo del Salto, descansé en la orilla de la Laguna Capri, atento a alzar mis brazos si aparecía algún zorrillo patagónico en mi senda, caminé durante 20 kilómetros para disfrutar del Fitz Roy desde la Laguna de los Tres y cuando llegué a ésta, los 3 picos desaparecieron tras las heladas nubes e incluso me resbalé, con una sonrisa, sobre la nieve.

Mi alojamiento allá fue el Albergue Cóndor de los Andes y recuerdo una noche en la que el viento silbaba fuertemente y sentía la madera de la cabaña estremecerse al susurrarle el viento apasionadamente. Además, en el tejado sobre mi cama un ojo me mostraba las estrellas mientras creía entre sueños que aquella cabaña surcaba los cielos andinos.

El Chaltén es paz, riesgo y trekking ante la inmensidad.

Por cierto, “Las Américas”, con la inscripción de El Chaltén en su última página, fue también mi última lectura en el viaje y lo dejé por allá -con su portada verde- para que alguien lo leyera…