Quien visita por primera vez El Alto, la vertiginosa ciudad boliviana situada a más de 4,000 metros de altitud sobre el nivel del mar, suele quedar impactado por un paisaje visual que desafía cualquier canon de la arquitectura occidental tradicional. Entre el ladrillo visto y el frío clima del altiplano, emergen imponentes estructuras de hasta siete pisos coronadas por chalets tradicionales, envueltas en fachadas de colores fluorescentes y vidrios espejados.
Son los «cholets», un término nacido de la fusión de las palabras chalet y cholo (término que la población indígena ha reapropiado con orgullo). Más que simples edificios, estas construcciones representan una explosión de identidad, poder económico y orgullo cultural neo-andino.
El origen: Identidad aymara y el nacimiento de una nueva burguesía
Para entender la arquitectura de El Alto, primero hay que entender su demografía. La ciudad ha experimentado un crecimiento demográfico exponencial debido a la migración del campo a la urbe, consolidando una población mayoritariamente de origen aymara.
A lo largo de las últimas décadas, el auge del comercio internacional, el transporte y la minería permitieron el nacimiento de una próspera burguesía indígena. Esta nueva clase social necesitaba una arquitectura propia que reflejara su éxito financiero, pero que —a diferencia de las élites tradicionales que imitaban los estilos de Miami o Europa— mirara hacia sus propias raíces.
Es aquí donde entra la figura de Freddy Mamani Silvestre, un exalbañil e ingeniero reconvertido en arquitecto autodidacta, considerado el padre del estilo neo-andino. Mamani decidió trasladar los iconográficos diseños de los textiles locales y las ruinas de Tiwanaku a las fachadas de cemento.
Anatomía de un Cholet: Diseño con lógica comunitaria
Un cholet no es un edificio de apartamentos convencional. Su estructura vertical responde a una estricta jerarquía de uso que combina los negocios, la vida comunitaria y la privacidad familiar en un solo lugar: Planta baja (El motor comercial): Generalmente dedicada a tiendas, centros comerciales locales o talleres de costura. El comercio es la base de la economía alteña, y el edificio debe producir ingresos. Primer y segundo piso (El corazón social): Aquí se encuentran los majestuosos salones de eventos. Son el verdadero núcleo del cholet, decorados de forma extravagante con columnas iluminadas con luces LED, techos con molduras policromadas y lámparas de cristal chinas. En estos salones se celebran los tradicionales prestes (fiestas patronales y familiares masivas). Pisos intermedios (Inversión): Apartamentos para alquilar a otros miembros de la comunidad o para los hijos de los propietarios. El ático (El chalet residencial): En la cúspide de la estructura, despegado del resto del edificio, se construye el chalet unifamiliar donde residen los dueños. Cuenta con jardín, techos a dos aguas y una vista panorámica de la cordillera de los Andes. Es el símbolo definitivo de haber «llegado a la cima».
La simbología neo-andina: Geometría y cosmovisión
La paleta de colores de un cholet (verdes encendidos, naranjas eléctricos, fucsias y azules) no es casual. Mamani y los arquitectos que han seguido su estela afirman que son los colores de los aguayos (textiles tradicionales aymaras) y de la fauna y flora andina.
Las fachadas están repletas de formas geométricas abstractas que rinden homenaje a la cosmovisión andina: La Chakana (Cruz andina): Que representa la conexión entre el mundo terrenal, el espiritual y el inframundo. Líneas zigzagueantes: Inspiradas en las montañas sagradas (apus) o en el cuerpo de la serpiente (amaru), símbolo de la sabiduría. El cóndor y el puma: Figuras estilizadas que se camuflan entre los marcos de las ventanas de vidrio templado.
Incluso la cultura pop contemporánea ha permeado el diseño: no es raro encontrar cholets inspirados en la robótica de los Transformers o en la estética de los cómics, demostrando que la cultura aymara es global, urbana y dinámica.
De la marginación al patrimonio global
En sus inicios, la arquitectura neo-andina fue tildada de «huachafa» (vulgar) o kitsch por los círculos arquitectónicos academicistas de las élites bolivianas. Sin embargo, el fenómeno ha terminado por imponerse a nivel mundial. Hoy en día, los cholets son objeto de estudio en universidades de arquitectura europeas y estadounidenses, y se han convertido en uno de los principales atractivos turísticos de Bolivia.
Más allá del debate estético, el verdadero triunfo del cholet es sociológico. Representa la descolonización del espacio urbano: una declaración audaz en la que la comunidad aymara le grita al mundo que su cultura no pertenece a un museo arqueológico del pasado, sino al presente y al futuro de las grandes ciudades.