Cuando pensamos en el riesgo de sufrir daños por el sol, casi siempre imaginamos una playa de arena blanca, temperaturas elevadas y un cielo completamente despejado. Sin embargo, existe un escenario donde la radiación ultravioleta (UV) puede ser incluso más intensa: las ciudades situadas a gran altitud. Lugares como Bogotá (Colombia), Quito (Ecuador), Ciudad de México (México), La Paz (Bolivia) o Cusco (Perú) presentan condiciones que aumentan considerablemente la exposición a los rayos solares, incluso cuando el clima es fresco o está nublado.
Esta realidad, poco conocida por muchas personas, convierte la protección solar en una necesidad diaria y no únicamente en una medida reservada para las vacaciones.
La altitud cambia las reglas
La atmósfera terrestre actúa como un enorme filtro natural que absorbe parte de la radiación ultravioleta proveniente del Sol. Sin embargo, cuanto mayor es la altitud, menor es el espesor de esa capa protectora.
Se estima que por cada 1.000 metros de altura la intensidad de la radiación UV aumenta entre un 10 % y un 12 %. Esto significa que una ciudad situada a 2.600 metros sobre el nivel del mar, como Bogotá, o a casi 2.850 metros, como Quito, recibe una cantidad de radiación significativamente superior a la de una ciudad costera.
Aunque la temperatura sea agradable e incluso fría, la piel continúa recibiendo una dosis elevada de radiación capaz de provocar quemaduras, envejecimiento prematuro y aumentar el riesgo de cáncer de piel.
El engaño de las «nubes altas»
Muchas personas creen que un cielo nublado es sinónimo de protección, pero esta idea es completamente falsa.
Las nubes, especialmente las finas o de gran altura, dejan pasar gran parte de la radiación ultravioleta. En algunos casos incluso pueden reflejarla y dispersarla, haciendo que llegue desde diferentes direcciones.
Este fenómeno provoca que alguien pueda quemarse durante un paseo en un día aparentemente gris sin haber sentido calor ni haber visto un sol intenso.
Las ciudades andinas presentan con frecuencia este tipo de nubosidad, lo que genera una falsa sensación de seguridad que lleva a muchas personas a olvidarse del protector solar.
El frío también engaña
Otro de los grandes errores es asociar el daño solar con el calor.
La radiación UV no depende directamente de la temperatura ambiental. Es perfectamente posible sufrir una quemadura en un día de apenas 15 grados.
En ciudades elevadas es habitual caminar con chaqueta, sentir una agradable brisa e incluso pasar frío durante la mañana. Esa sensación hace pensar que el sol apenas afecta, cuando en realidad la piel está recibiendo una cantidad importante de radiación.
Por eso, muchas personas residentes en zonas de montaña presentan signos de fotoenvejecimiento sin haber pasado largas temporadas tomando el sol.
La reflexión aumenta la exposición
La radiación solar no solo llega directamente desde el cielo.
También se refleja sobre diferentes superficies como:
Hormigón.
Cristal.
Agua.
Arena.
Fachadas blancas.
Nieve.
En regiones montañosas esta reflexión puede incrementar todavía más la exposición.
En los Andes, por ejemplo, quienes realizan excursiones a volcanes o zonas nevadas reciben radiación tanto desde arriba como desde el suelo, duplicando prácticamente la cantidad de rayos UV que alcanzan la piel y los ojos.
Los ojos también necesitan protección
La radiación ultravioleta no únicamente perjudica la piel.
Los ojos pueden sufrir daños acumulativos que favorecen la aparición de cataratas, lesiones en la córnea y otras enfermedades oculares.
En ciudades de gran altitud es recomendable utilizar gafas de sol homologadas con protección frente a rayos UVA y UVB incluso durante días parcialmente nublados.
No basta con que las lentes sean oscuras. Si no filtran correctamente la radiación, incluso pueden resultar contraproducentes al hacer que la pupila se dilate y permita la entrada de una mayor cantidad de rayos UV.
Los niños son especialmente vulnerables
La piel infantil es mucho más sensible que la de los adultos.
Además, los niños suelen pasar más tiempo al aire libre durante actividades escolares, recreativas o deportivas.
La exposición acumulada durante la infancia tiene una enorme influencia sobre el riesgo futuro de desarrollar cáncer de piel.
Por ello, los especialistas recomiendan inculcar hábitos de fotoprotección desde edades tempranas:
Aplicar protector solar diariamente.
Usar gorra o sombrero.
Buscar zonas de sombra.
Utilizar gafas con protección UV.
Vestir ropa que cubra brazos y hombros cuando la exposición sea prolongada.
El protector solar no es solo para la playa
Uno de los cambios de hábito más importantes consiste en dejar de considerar el protector solar como un producto exclusivo del verano.
En ciudades de gran altitud debería formar parte de la rutina diaria, igual que cepillarse los dientes.
Lo recomendable es utilizar un protector de amplio espectro con un SPF de al menos 30, aplicarlo unos 20 minutos antes de salir y renovarlo cada dos horas si la exposición continúa o después de sudar intensamente.
Quienes permanecen muchas horas en exteriores, practican deporte o trabajan bajo el sol pueden necesitar factores de protección superiores.
Una cuestión de salud pública
Las ciudades situadas en zonas elevadas tienen un importante reto en materia de prevención.
Las campañas informativas suelen centrarse en las vacaciones estivales o en las playas, cuando millones de personas viven durante todo el año bajo índices muy elevados de radiación ultravioleta.
Promover el uso habitual del protector solar, aumentar las zonas de sombra en espacios públicos y educar sobre los riesgos reales de la radiación UV puede reducir significativamente la incidencia de enfermedades cutáneas en el futuro.
Protegerse hoy para cuidar la piel del mañana
La altitud convierte a muchas ciudades latinoamericanas en lugares donde el sol puede ser mucho más agresivo de lo que aparenta. El clima fresco, las nubes y la ausencia de sensación de calor generan una falsa confianza que favorece exposiciones prolongadas sin protección.
Comprender que la radiación ultravioleta no depende únicamente del verano ni de la playa es un paso fundamental para proteger la salud. Un sencillo gesto diario, como aplicar protector solar antes de salir de casa, utilizar gafas homologadas y buscar sombra en las horas centrales del día, puede marcar una enorme diferencia con el paso de los años.
En las ciudades de las llamadas «nubes altas», el verdadero enemigo no siempre es el calor, sino una radiación invisible que actúa silenciosamente sobre la piel todos los días.