Hace unas semanas escribía por aquí sobre un encuentro en el Café Comercial de Madrid y hace apenas unos días tomé un café en el Café de Gijón de la misma ciudad mientras hacía tiempo y hasta un poema le dediqué, sin embargo en esta ocasión no voy a escribir sobre estos espacios sino que voy a recordar el Café Tortoni de Buenos Aires.
El Tortoni es un espacio de historia y buen gusto congelados en el tiempo -de estilo francés- situado entre Plaza de Congreso y Plaza de Mayo, cerca de la Avenida 9 de julio.
Es preferible llegar temprano porque en cuanto te demorás un rato comenzará a sembrarse una fila o cola de visitantes en la que te vas a desesperar.
En la mítica Avenida de Mayo 825 se encuentra el mítico Café fundado en 1858 y declarado sitio de Interés turístico y cultural.
Una gran barra -elegante, monumental, radiante- preside la sala en el lado izquierdo coronada con su caja registradora de la época y al lado una veintena de mesitas entre refinadas columnas que cobijan pinturas, poemas, esculturas, espejos, vidrieras en el techo… Los mozos visten engalanados para la ocasión, hasta el garbo es cuidado milimétricamente.

¡Por ahí sonríe Lorca desde una foto colgada en la pared! -Hola, paisano.
Puedes tomar un café, unas facturas, medialunas (bollería típica), un jugo de naranja o de pomelo, elegir un miga (sandwich) o cualquier dulce…
Almorzar, merendar, cenar no son palabras para discutir.
Allá se reunieron artistas, pintores, intelectuales, periodistas, escritores… el célebre pintor bonarense Quinquela era uno de los que más frecuentó el lugar en los años veinte. Alfonsina Storni participaba en veladas literarias y Carlos Gardel dejaba el rastro melódico y una noche actuó con Pirandello entre el público.

El lugar cuenta con librería, salón de peluquería y un pequeño teatro de cámara al fondo completamente vestido y con un piano de cola sobre el escenario. En la bodega se realizaban los encuentros de “La Peña” entre bohemios y afines al arte.
El Gran Tortoni fue fundado como homenaje al Café parisino del mismo nombre y fue un emprendedor vasco el que lo renovó y se hizo cargo hasta su muerte.
Y ahí está, ahí está, viendo pasar el tiempo, más de 150 años después guardando latidos de bandoneón y pasos de tango, el Gran Café Tortoni de Buenos Aires.