Mayo florido y hermoso ya está aquí, las amapolas enrojecen el campo y las plantas y flores derrochan esplendor. Y las alergias, también.
Hay árboles que están espléndidos durante siglos.
Si “El Sargento”, un antiguo Ahuehuete de más de 500 años -ya sin vida- en el Bosque de Chapultepec en Ciudad de México llamó mi atención desde que lo descubrí, hay otro, perdón, otros dos que son imborrables en mi memoria:
“El Tule”
El Tule es el árbol (también Ahuehuete) con el diámetro de tronco más grande del mundo y más de 40 metros de altura, cuenta más de 2000 años y se encuentra junto a la iglesia de Santa María del Tule, a 12 km. de Oaxaca de Juárez, capital de Oaxaca (México).
Una mañana el señor Guillermo -natural de allá y que me invitó a su casa a través de su hijo Memo quien es vecino de mi pueblo en España- me llevó al Tule y la verdad que mi boca sigue abierta desde entonces.
Es impresionante su dimensión, darle la vuelta bajo sus ramas se convierte en un rito y rodearlo llega a emocionar. Cientos de personas visitan el paraje cada día para conocer el árbol y muchos hemos caminado respetuosamente bajo su oceánica sombra.

El otro árbol es “La Carrasca grande” (conocida también como Encina milenaria o “Ruli”) en el término municipal de Mota del Cuervo (Cuenca) en en el paraje El Monte chico, en La Mancha.
Cuentan que podía albergar bajo sus ramas a más de 1000 ovejas. Tenía más de 20 metros de altura y una anchura de la copa de más de 30 metros… aunque eso ya es historia porque cayó en 2018 a pesar de las llamadas de auxilio de algunas personas y colectivos. El viento y la nieve la partieron y a pesar de estar declarada de Interés ecológico parece que quedó en una declaración y una parte que aún sobrevive.
La última vez que visité La Carrasca en su esplendor, mi madre, mis sobrinos y yo tuvimos que repetir varias veces la cadena humana para rodearla en un abrazo grupal. Aunque aquello ya es pasado, existen imágenes hermosas de este árbol de más de 450 años que se imponía visible a varios kilómetros a la redonda.

Del “Árbol de la noche triste” escribiré en otro artículo… Y saltando como las ardillas que al parecer recorrían la península ibérica de norte a sur de árbol en árbol … Recomiendo abrazar un árbol y que la piel sienta esa corteza rebosante de vida. Recuerdo el día en que visité el histórico Cementerio de La Recoleta en Buenos Aires y al salir -sano y salvo entre tanto mármol- fui derecho al primer árbol que vi frente a mi y lo abracé.
¡Por cierto, abrazar a las personas también suma!.