“El Lago Titicaca” es el tema que me tocó abordar en la asignatura de Geografía cuando cursaba 6º de E.G.B. (Educación General Básica) y recuerdo que consulté el tomo correspondiente de la Gran Enciclopedia Larousse que aún conservamos en casa de mis padres… Y volé hasta allá.
Entonces imaginaba que algún día navegaría dicho Lago. ¡Que cosas!.
Y así fue, 30 años después llegué expectante a Puno (Perú) un 2 de julio del invierno andino. Viajaba desde Cuzco en dirección a La Paz (Bolivia). Pasé unas horas en la Central de camiones (Estación de autobuses) hasta que amaneció y ya desde ahí pude divisar El Titicaca. Después viajé más de 3 horas en camión -con un sol brillante como testigo- bordeando la ribera del Lago: Como el mar, grandioso, azul, eterno, donde la mente pierde sus imágenes y se convierte en suspiro. Andino.
El Titicaca -3809 metros sobre el nivel del mar- es el lago navegable más alto del mundo.
La antesala del Lago son amplios campos sembrados que me recordaron a La Mancha: Ovejas, labradores con sombreros de ala grande, torres de totora (raíz o anea con la que elaboran la destacada artesanía de la región)… perfectamente alineadas.

Crucé la frontera a eso de las 11 de la mañana y más tarde llegué a Copacabana (Bolivia). Al llegar al Lago de los pumas de piedra la costa estaba repleta de barquitos, yates y lanchas con forma de cisnes, los Dioses Incas presidiendo el lugar y ese azul imponente como mar y que desborda emociones.
Paseé por el pueblo, aquel día hubo reuniones asamblearias en la Plaza Principal, subí al Cerro El Calvario y pensé que Copacabana tiene un aire “mediterráneo” con sus barquitas, puestos y turistas.
El clima era agradable aunque pasabas del “verano” a mediodía al frío “invernal” en la tarde noche y hasta al amanecer en que el vaho de los cristales desaparecía.

Navegué sobre el Lago para visitar la Isla del Sol con los Andes como testigo -imponentes y con auténtico carácter- y tras pasar un día espectacular entre vicuñas, ovejas, llamas, burros y alpacas regresé con los pies congelados y tomé una sopa de quinoa al lado de una estufa de gas junto a unos artistas argentinos.
En las travesías entre Puno y Copacabana hubo quienes me contaron que “titi” era un país y “caca” el otro, según si quien lo decía era boliviano o peruano.
No recuerdo con precisión a quienes lo contaban aunque sus sonrisas son inolvidables.
Y así fue mi salto de las líneas grises de la enciclopedia hasta navegar este mágico lugar azul. ¡Que cosas!.