La empanada es mucho más que un plato típico: es un símbolo compartido de la identidad latinoamericana. Presente en casi todos los países de la región —Argentina, Uruguay, Chile, Bolivia, Perú, Colombia y también Brasil—, la empanada refleja raíces comunes, historias cruzadas y una manera muy nuestra de entender la comida como encuentro y tradición.
Cada país le ha dado su propio carácter. Las empanadas argentinas son mundialmente conocidas por su masa horneada y rellenos jugosos; las uruguayas comparten ese espíritu rioplatense; en Bolivia, las salteñas destacan por su relleno caldoso y ligeramente dulce; en Perú, la empanada de carne suele coronarse con un toque de azúcar impalpable, creando un contraste único entre lo salado y lo dulce. En Chile, las empanadas también viven un gran momento y se han ganado un público fiel incluso fuera de sus fronteras.
En Brasil, la empanada latinoamericana viene creciendo con fuerza desde hace años. Las salteñas bolivianas lideraron este camino, y hoy es común encontrar empanadas argentinas, uruguayas, chilenas y peruanas en barrios como Vila Madalena, en ferias, restaurantes, botecos y enoturismos, donde una copa o una botella de vino suele acompañarse con una empanada de distintos sabores.
Brasil, a su vez, tiene su propia versión: las empanadas fritas, generalmente cuadradas o rectangulares, grandes o pequeñas, con masa suave y rellenos de carne, pollo, cerdo o queso con jamón, preparadas al momento. En cualquiera de sus formas, la empanada demuestra que la gastronomía latinoamericana tiene un lenguaje común, capaz de cruzar fronteras y reunir culturas en un solo bocado.