El Teatro, aquí o allá

Hace nueve años pisé -como actor- las tablas del Teatro de la Ciudad Esperanza Iris en Ciudad de México, uno de los más destacados de aquel lado.

El espectáculo “Tandas y Tundas” dirigido por Arturo Beristain ya se había presentado durante una temporada en el Centro Cultural Helénico de la Ciudad de México.

En la primera función en el “Iris”, con un teatro lleno hasta la bandera con más de mil localidades ocupadas me acordé de mis padres, familia y amigos de aquí, porque como escribe Federico García Lorca en su Discurso de la inauguración de la Biblioteca de su pueblo: “Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre, piensa…”.

Afortunadamente amigos y compañeras de allá estaban entre el público y siguen intactos en mi memoria cuando recuerdo aquellos aplausos: Cirilo, Alhelí, Pedro, Juanita, Ester, Alba

Recuerdo además la Conferencia de prensa anterior al estreno en el salón situado sobre el teatro y también casa de “la reina de la opereta” que le da nombre: Los integrantes del elenco lucíamos radiantes ante medio centenar de medios de prensa apuntándonos con sus objetivos y plumas.

El Teatro de la Ciudad fue mandado a construir por la primera actriz Esperanza Iris y allí mismo vivió -al estilo de la estrella y también empresaria española María Guerrero– quien hiciera lo mismo adquiriendo el antiguo Teatro de la Princesa (actual María Guerrero) y quien también creó el Teatro Cervantes en Buenos Aires. Mujeres emprendedoras y pilares imprescindibles de la Cultura hispano americana.

Cuando he habitado -de una u otra manera- estos tres templos he sentido aquellas energías presentes en épocas de brillos y expectación, en noches de emoción y aplausos, porque hay sensaciones que no tienen límites, ni las cubre un océano ni miles de kilómetros por muchos que se imaginen.

Cada vez que he visitado otros países y sus ciudades, me gustaba pasar por los diferentes teatros, asistir a alguna función, o al menos, plantarme en las puertas y ver entrar o salir al público asistente a la comunión teatral.

Así pues recuerdo asistir a funciones en el Pequeño Teatro de Medellín (Colombia), en el Teatro Británico de Lima (Perú), en el Teatro Caras y Caretas 2037 de Buenos Aires (Argentina), asomarme a un ensayo en el Teatro Municipal Alberto Saavedra Pérez de La Paz (Bolivia), o disfrutar observando la salida del público acabada la función -me quedé sin boletos- en el Teatro Nacional de Cuba en La Habana.

Por cierto, lo último ha sido ver “Grito, boda y sangre” en la Sala Princesa del Teatro María Guerrero y “Numancia” en la Sala Verde de Teatros del Canal en Madrid.

El teatro es tan útil y hace tanto bien que da igual si es allá o aquí, en un centro cultural en el pueblo con menos habitantes, en una sala o foro alternativo o en un gran escenario nacional.

El Teatro es hoy una de las pocas manifestaciones artísticas que no se dan a través de una pantalla ni deslizando el dedo. Y eso, vale demasiado.

Raúl Tirado Instagram El Yunque Instagram

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