El bienestar empieza en el suelo

7 de enero de 2026

Pasamos el día buscando bienestar como si fuera algo que solo pudiéramos encontrar afuera nuestro. Algo externo, algo que se compra o se alcanza. Pero el cuerpo reconoce otra cosa cuando toca el suelo, y no es por magia, es por memoria.

Antes de los nombres, antes de las agendas, antes de las calles y las avenidas, antes de la velocidad con la que vivimos, ya éramos esto: organismos aprendiendo a convivir.

Encontrar en palabras de otros lo que siento, y que muchas veces me cuesta expresar, me acercó al mundo de la comunicación. A un espacio donde sentir, pensar y conversar se vuelve una misma cosa. Una realidad posible. Estar, sentir, ser y hacer. Todo de manera redonda. Con esa forma que me recuerda que nada existe aislado, que todo se alimenta entre sí.

Es casi el propósito en el que elijo moverme: una espera en movimiento, que sin apurarme, me transforma. Me enseña que la naturaleza y yo no podemos separarnos. Que el bienestar de otras personas y el de la tierra determina también el mío.

Así, sin miedo, empiezo a valorar la vida que no tiene forma humana. La que existe debajo mío, caminando este suelo, la que existe tomando esta agua y respirando este aire desde mucho antes que nosotros. Me decido a respetar y admirar su existencia, su inmenso poder de transformación para seguir viviendo. Me animo a pensar que muchos de ellos respiran sin pulmones, escuchan sin oídos, comen sin estómago, ven sin ojos y, aun así, sienten y toman decisiones. Sin miedo, entendiendo que no siempre es necesario podar, fumigar y controlar.

Me animo a hablar del lujo de pisar el suelo, de oler la tierra; del lujo de cosechar para decidir qué queremos comer, del placer de ver flores llenas de polinizadores, del privilegio de ser parte de esta increíble película que nos invita a algo simple y profundo: darnos cuenta que nosotros también somos naturaleza y que, si queremos bienestar en nuestras vidas, tenemos que aprender a cuidarla.

Con el tiempo entendí que estas ideas se fueron construyendo a partir de mi propia experiencia. Desde chica, alrededor de los 12 años, mientras mi familia estaba en la sobremesa después de comer, yo decía: “chau, me voy a pensar”. No tenía idea qué quería ser, pero sí me imaginaba cómo quería vivir. Sentía que no había nacido para una vida pautada de colegio, facultad, matrimonio e hijos; que había nacido para otra cosa.

A los 19 años comencé la facultad y llegaron mis primeros trabajos profesionales. Estaba construyendo la profesión que quería, con reconocimiento profesional e independencia económica. Pensaba que en el reconocimiento del otro estaba el éxito y que en la satisfacción económica estaba el logro de todos mis objetivos.

Pero, a los 32 años, comencé a sentirme incómoda. Empecé a no reconocerme, ni en mi voz ni en mi imagen. Muy pocas de las situaciones que vivía despertaban mi interés. A los 35 años tomé la decisión de volver a mi interior, como a los 12, y plantearme cómo quería seguir. Decidí transformar mi vida e inicié un camino de más de diez años buscando esa transformación, con proyectos que no siempre resultaron como hubiese querido, pero que transité respetándome. Hoy entiendo que ese es el objetivo en la vida: transitar.

La llegada de la pandemia me encontró en silencio, quieta. Decidí sentarme a pensar de nuevo y permitirme desear distinto. Navegué por mi interior y me encontré sembrando, germinando y cosechando. Y ahí disfruté viendo nacer vida. Sabía que, si sembraba una semilla, de ahí iba a cosechar un tomate. Eso tan obvio me dio calma.

Me llené de amor cuidando mis plantas, entendiendo sus tiempos, lo que llamo una espera en movimiento. La huerta es el lugar donde, junto a las plantas, finalmente me encontré siendo yo más que nunca. De a poco empecé a reconocerme en mi imagen y en mi voz, admirando la belleza de lo genuino.
Hoy entiendo que todo aquello para lo que creí haber nacido no tiene que ver con una carrera profesional larga y exitosa dedicada a la mirada del otro. Se trata de lo extraordinario de animarme a buscar mi propio camino, las veces que sea necesario.

Paula Colombini es comunicadora ambiental y creadora de Betarraga, un proyecto que explora la relación entre naturaleza, cuerpo y formas de habitar.

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